jueves, 1 de septiembre de 2016

... y yo te buscaré en Groenlandia



Con la caída del muro de Berlín, casi todos imaginamos que se cumpliría la profecía de John Lennon: “… and the World will be as one”. Europa avanzaba hacia la unidad política, y el mundo pensábamos que ya era una aldea global. Pero pronto nos dimos cuenta de que no iba a ser así: guerras en los Balcanes y desmembración de Yugoslavia, afloramientos de dormidas nacionalidades, no siempre pacíficos, en lo que fue la URSS…  

Más de un cuarto de siglo después: Brexit, “desconexión” de Cataluña, un autoproclamado estado islámico que hace “la guerra santa”, populismos de ideología trasnochada incluso en la cuna de la democracia contemporánea. El futuro no es como ni John Lennon ni como casi todos nosotros nos lo habíamos imaginado, ni muchísimo menos. Durante algunos años pensábamos que el siglo XXI había comenzado con la caída del Muro, pero estábamos equivocados; comenzó el 11 de septiembre de 2001.

Cuando viví en Filipinas empecé a interesarme vivamente por las cuestiones identitarias; descubrí al gran Nick Joaquín, que había sido el defensor a contracorriente, en plena explosión del nacionalismo filipino, del ingrediente español como factor esencial en la formación de la identidad filipina. Por paradójico que pueda resultarnos hoy, Filipinas fue una creación española; los filipinos sólo comenzaron a tener conciencia de una identidad común al final de la presencia española en el archipiélago; de hecho en el siglo XIX se consideraba filipino al español nacido en las islas, es decir al criollo, para diferenciarlo del español de la metrópoli, a quien se llamaba peninsular. Es bastante obvio que la creación de muchos de los estados actuales es fruto del colonialismo, o si se prefiere del pos-colonialismo; lo que no le resulta tan obvio a muchos es que también muchas identidades nacionales lo son.

Al vivir en Argelia, pude comprobar que este país, mutatis mutandi, era como Filipinas: una creación, en este caso francesa. Éric Zemmour lo ha dicho de una vez por todas con esta boutade: “L’Algérie n’existe pas c’est une invention de la France.” (“Argelia no existe; es una invención de Francia”. La ausencia no ya de un estado, sino de un poder político de cierta fuerza y capacidad de ser reconocido como tal, en la era pre-colonial hizo que ambos países, o mejor dicho territorios, fueran fuertemente colonizados por potencias culturalmente muy distantes: España y EEUU en el caso de Filipinas; Francia en el caso de Argelia; lo que hace que su cultura resultante sea bastante diferente -en no pocos casos denostada y siempre mal entendida- de la de sus vecinos respectivos, étnicamente afines: malayos y arabo-bereberes respectivamente.

En Marruecos, donde vivo ahora, el caso es distinto, a pesar de haber sido también colonizado, bajo forma de protectorado en el siglo XX. Y la diferencia se debe básicamente a la existencia de ese poder político del que carecían Filipinas y Argelia; en el caso marroquí, un poder secular en forma de monarquía. La existencia de estados como España, el Reino Unido o Marruecos, se explica en función de las monarquías que aglutinaron –y siguen aglutinando- a diferentes pueblos, tribus o naciones. En cierto sentido también podría decirse algo parecido de Tailandia en el sureste asiático.    

Como bien expresaba Nick Joaquin, la formación de una identidad es un proceso dinámico, sujeto a evolución, natural o artificial. El caso del Marruecos contemporáneo es especialmente interesante, por distintos factores, muy diversos; en cierto sentido, Marruecos afronta un reto paralelo al de Japón en los 60: modernizarse, “occidentalizarse”, guardando su centenaria e identitaria tradición.   

Vengo a hacerme, o más bien a explicitar, estas reflexiones, tras la lectura de “Dioses útiles. Naciones y nacionalismos” de José Álvarez Junco, libro utilísimo para posicionarse en el análisis y en la opinión de los diferentes contenciosos identitario-políticos que sacuden nuestra realidad cotidiana. Supe de su publicación tras leer, en Rabat, la reseña que de este libro, en El País hizo José Andrés Rojo; en mi primer desplazamiento a Madrid acudí raudo a comprarlo, y no me he arrepentido en absoluto de ello.  

Junco se propone –y consigue- analizar racionalmente el fenómeno nacionalista, partiendo de la hipótesis de que en la génesis de todo proceso nacionalista, como en general en su mantenimiento, es esencial el factor emocional. En palabras del autor: “someter a la razón los sentimientos”. La otra hipótesis fundamental, alude a que los nacionalismos son construcciones históricas; aunque en su formulación siempre se alude a cuestiones inmanentes, naturales, cuando no divinas, y aunque ciertamente son fundamentales los factores naturales: un territorio, una etnia, una lengua común, ninguno de ellos garantiza, ni excluye, el florecimiento de una entidad nacional.

Junco desmonta con su análisis riguroso el tópico de la existencia de naciones ad aeternum: ”(…) cualquier identidad es una construcción histórica, producto de múltiples acontecimientos y factores, algunos estructurales, pero en su mayoría contingentes. Es decir que no hay nada atribuible a designios providenciales o misteriosos, ni tampoco a un espíritu colectivo que habite en los nativos del país desde hace milenios.” Ningún estado puede legitimarse en la ley natural, ni en la voluntad divina. Una buena parte de las identidades nacionales que ahora se presentan como milenarias son ciertamente fruto de la sensibilidad romántica del XIX.
   
Primero es el grupo, la tribu, la etnia, cuyos integrantes comparten una lengua y ocupan un territorio determinado: esos son los componentes básicos del nacimiento de una nación, concepto que se basa por tanto en elementos concretos: personas, palabras, lugares. Sin embargo en la constitución de un estado, a partir de una o varias naciones, intervienen componentes abstractos: soberanía, poder político, organización administrativa, fiscalidad, etc. 

 El conflicto se plantea cuando una entidad nacional aspira a una forma de soberanía que entra en conflicto con la existente. Los ejemplos son abundantes y de naturaleza muy variada; de ente los muchos que podríamos sacar a relucir me llaman la atención especialmente, los de aquellas entidades que tienen un marcado carácter identitario, y que por mor de la descolonización, o de otros factores políticos, nunca han llegado a tener un estado propio: pienso en los fangs africanos, o en los kurdos asiáticos, y en algunos otros.

Craso error el de los dirigentes políticos y los pensadores, forjadores de soberanías nacionales, que acuden a hechos históricos muchas veces poco relevantes e inciertos para justificar el derecho de una entidad nacional a convertirse en estado. Y además cabe preguntarse en algunos casos: ¿dónde paramos la moviola de la Historia? Si alguno se descuida acabamos siendo todos italianos (romanos), mauritanos (almorávides) o libaneses (fenicios). O como dice Junco, citando a John H.Elliot: “es típico del nacionalismo percibir el pasado a través del prisma del presente, y el presente a través del prisma del pasado”.

Los estados por muy consolidados que estén no son inmutables. En lo que respeta a la identidad, y a su gestión política: todo cambia, nada permanece (Heráclito dixit).

Bibliografía citada:
- ÁLVAREZ  JUNCO, José:  “Dioses útiles. Naciones y nacionalismos”. Galaxia Gutemberg, 2016     
- JOAQUÍN, Nick: “Culture and history: Occasional notes on the Process of Philippine                               becoming”. Solar Publishing Corporation. 1988


Rabat, agosto 2016